Buscando la nada

Cada vez que hay un fin de semana largo se aprovecha para escaparse hacia algún lugar diferente, pues la ciudad cansaba. Melanie y yo queríamos ir a una montaña famosa por su templo shaolin, pero la falta de anticipación nos dejo sin la posibilidad de comprar los pasajes para dicho destino. Sin mucha pena y muy poca preparación, ejecutamos el plan B, Mongolia Interior. Partimos rumbo a la provincia china que fronteriza con Mongolia, la nación. Aunque no sea el autentico país, sí se asemeja, pues tiene los desiertos y pastizales característicos de la región. Esos dos biomas albergan sensaciones que no se encuentran en una ciudad, y eso fue justamente lo que buscamos. No teníamos que rastrear los pasos de Genghis Khan ni descubrir una milenaria cultura nómada, una distracción del caos y ruido de Pekín y una bocanada de aire fresco eran suficientes.

Fue un viaje improvisado, corto y sencillo. Los primeros días nos fuimos al desierto. Yo crecí en una ciudad también rodeada por un desierto, pero en mi infancia nunca lo aprecié, nunca lo consideré como el lugar para un retiro y mucho menos lo idealicé como un escape de todo. Nunca llegué a extrañar su sequía, pero sí me dio la sensación de querer llegar a un lugar donde no haya nada. Por eso el desierto se hacía el destino ideal, tomamos un bus hasta el borde y de ahí caminamos 30 minutos adentro. Intentamos desaparecer la influencia del hombre, queríamos sentir que nunca existió una civilización.

Lamentablemente eso no se logró. Hacía el norte había solo más desierto pero para el sur, a lo lejos se podía reconocer las torres de electricidad que indicaban el camino a las ciudad detrás. Y cuando nos sentamos a fumar y caímos en cuenta que nos habíamos olvidado el encendedor, no pasó mucho tiempo de desesperación pues turistas montando camellos aparecieron cruzando el desierto. Con total seguridad de que uno de los viajantes tendría un fuego que me preste, salí corriendo en su dirección. Cuando uno de ellos cayó en cuenta de lo bizarro que era que un joven de otra parte del planeta venga corriendo desde la nada del desierto a pedir un encendedor, simplemente me lo regaló. Con el regalo, nuestra meta se desvaneció, nuestro viaje hacia una tierra sin nadie dejo de existir. Pero igual estábamos felices de prender nuestros cigarros.

Sinceramente, el desierto me decepcionó. Por culpa de los jinetes, camellos y el lejano tapiz que formaba la ciudad y su smog, nunca llegué a sentirme desconectado. Podíamos seguir caminando desierto adentro pero la prudencia no me dejó. Fue un fracaso que veía venir, alejarse y olvidarse de la civilización tiene un precio alto y no estaba dentro de nuestro presupuesto. Por eso fue grande nuestra sorpresa cuando la situación cambió radicalmente cuando entramos a la segunda etapa de nuestro pequeño viaje.

Las famosas praderas eran algo que recién me había enterado que existían, se trata de un inmenso plano de pasto, un mar verde que sin salirse de relieve permitiría ver el horizonte, sonaba como un mito. Tomamos un bus muy incomodo y tardamos mucho en llegar, pero su destino hizo que valiera la pena. Ya en el camino nos sentíamos lejos de todo y pudimos apreciar caballos salvajes viajando libremente a galope por su chacra sin limites.

Pasamos la noche en las instalaciones de una familia local que vivían de la renta de sus yurts. Los yurts son chozas mongolas. Las originales tenían el propósito de ser armadas y desarmadas con facilidad para poder transportarlas en carretillas. La nuestra estaba construida sobre una base de concreto, pero todo lo demás era autentico. El interior era simple, un cuarto redondo y no estaba decorado con más que una  pequeña mesa, unas sabanas dobladas y un enorme cuadro con el retrato de Genghis Khan. Entre las sabanas estaban las almohadas, y con esa simpleza se dormía.

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Pasamos el día sin hacer mucho. Aprendimos a usar arco con flecha, conversamos con la familia local, vimos el atardecer montando caballo, y armamos una fogata.

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Cuando estábamos acostados dentro del yurt, donde no había luz salvo la de la luna que se colaba por la pequeña ventana de la puerta, estábamos cansados y felices por  tener la oportunidad de haber tenido un día tan tranquilo, pero también estábamos conscientes de que si esa calma se adueñaría de nuestras vidas, maldeciríamos nuestro destino todas las noches. Derrepente, el caos y ruido de la ciudad se volvió un costo que podíamos pagar por algo de emoción y dinamismo en nuestro día a día. Cuando volvimos a Pekín, nunca nos volvimos a quejar.

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Sobre ritos chinos (y de la familia)

Cuando mi padre vino a esta parte del mundo hace pocos meses fui a darle el encuentro en su ciudad natal, Guangzhou. Me ilusionaba la idea de poder pasar tiempo de ocio junto a él. La realidad fue otra:

- Pá, vamos a ver la torre para que te sientas orgulloso de tu ciudad
- No puedo, un proveedor me esta invitando a cenar esta noche

- Viejo, vamos a tal restaurante buenazo de comida de Sichuan
- No se puede, tengo que visitar las fabricas para supervisar la calidad de mis pedidos

- Papá ¿No quieres venir a Beijing, donde estoy viviendo, para que conozcas donde estudio, donde me estoy quedando, qué como, y sepas cómo vivo en general?
- Lo siento, tengo que ir a la feria de exportadores para encontrar los productos que mis clientes necesitan

Siempre un hombre de negocios, tengo pena que no haya podido relajarse aunque sea un poco pero nunca hubo rencor, él es como es y si no fuera así para mi muchas cosas no serían igual. Su estadía en Guangzhou fue corta y me hubiera gustado pasar más tiempo con él, pero mi viejo cumplió su deber. Paso suficiente tiempo conmigo enseñándome retomar caminos, practicar virtudes y reparar algunas cosas rotas. Terminó de pulir todos los detalles que su negocio necesitaba y además pudo separar algo de tiempo para cumplir con su padre.

En una época turbulenta en la historia de China en el que los terratenientes abusaban de sus privilegios a costa del bienestar del campesinado (algo así como lo que esta pasando hoy en día), mi abuelo creció cosechando arroz y maíz en una pequeña aldea que ya no tiene nombre. Sin carreteras que lo conecten a las grandes ciudades, pasó su juventud sin saber que pasaba más allá de los limites de su pueblito. Cuando era ya un hombre, hecho con mujer e hijo, llegaron los soldados del Ejercito Popular de Liberación y con el pretexto de la lucha por un mundo más justo sin clases sociales, se lo llevaron para obligarlo a pelear y ganar una guerra civil que pondría al partido comunista en el poder que mantiene hasta el día de hoy.

Después de toda esa epoca turbulenta, mi abuelo pudo retirarse con una pensión militar. Tranquilo, se hizo viejo en Guangzhou, la capital de la región. Ahí conoció a mi abuela, ahí crió a mi padre y ahí sigue esperando a que lo visiten. Hoy en día su senilidad lo tiene sentado en el sofá, limitado a mirar la televisión o dormir. Cuando converso con él se la pasa recomendando que “mire libros” (así se traduce estudiar en chino), pero a veces también se le escucha la nostalgia. El hombre extraña su tierra, quiere volver a esa casa donde creció y pasar el resto de sus días mirando el verde del campo. Pero si salir al parque ya es un problema, esta claro que no puede visitar su viejo hogar. Por eso le pidió a mi papá que haga un poco de tiempo en su agenda que visite el pueblo en su lugar, ofrezca sus respetos a la tumba de sus abuelos y le pida bendiciones a los ancestros para que la familia siga disfrutando de paz.

Un día nublado que llovía no mucho, mi papá y yo salimos en dirección de donde descansan mis bisabuelos. Nos demoramos en salir de la enorme ciudad, pero de ahí era solamente el asfalto rodeado de arboles y encima de todo, un enorme cielo gris. La facilidad con la que llegamos al pueblo puso orgulloso a mi papá, por todo eso que una buena infraestructura significa para su país, pero a mi se me hizo que mi abuelo paterno no hubiera tenido la misma impresión, esa idea pude confirmarlo cuando llegamos a la ‘aldea’. Su pueblo había dejado de ser del campo, las calles hechas de concreto ya contaban con el bullicio del motor, y era evidente que para construir los edificios se había utilizado más de una simple ingeniería. El milagro económico chino había desaparecido ya para siempre la aldea de mi abuelo y lo había convertido en una replica más de todas esas ciudades de tercera categoría que se estan produciendo en la china rural. Pobre anciano, sin un hogar donde volver.

Nunca nos bajamos del carro, seguimos defrente, atravesando la nueva ciudad, dejando atrás esos edificios y pistas de asfalto para entrar al campo de verdad. Ahí fue donde todo se puso verde, la maleza era abundante y el camino de lodo nos tenía a todos saltando en nuestros asientos. Cuando llegamos donde la maleza se encontraba y poco más allá dejaba de crecer, detuvimos el vehículo a esperar.

Mientras pasaban los minutos vi a este señor pasar con su triciclo. Le tome una foto pensando sacar el retrato de un campesino cualquiera de la zona, pero cuando se detuvo mi di cuenta que él era quien estábamos esperando, el medio hermano de mi papá. Yo, que ya me había olvidado que tengo familia que aún vive en el campo, me quedé sorprendido. Tanta diferencia entre nuestros mundos nos dejó rapidamente sin mucho de que hablar después de saludarnos y no nos demoramos en empezar a subir un pequeño cerro para encontrar la tumba. En medio de lo que podías llamar la nada, se encuentra el mausoleo. Es un area circular de concreto, y en el medio una placa luce el nombre del difunto. Lo primero que hicimos fue limpiar, las estaciones habían traído una capa de polvo y arrinconado las hojas secas en las esquinas.

Una vez en el lugar, empezó a llover para poner la nota en la escena y empezar el rito. Primero se encienden tres inciensos y se da tres reverencias mientras se piden tres deseos para luego clavar los palitos frente el nombre. Luego, para evitar que se el espíritu pase hambre, se le sirve un plato con carne cocida, en nuestro caso fue una gallina entera y alguna parte de algún animal que no pude reconocer. Después, se quemaron billetes falsos para asegurar que mi bisabuelo aún goce de buena fortuna, (¡algunas familias hasta queman iPhones y iPads de papel!).

Ya para terminar, se rodea la tumba con petardos y se les prende. Produciendo el clasico ruido que espantaría los malos espíritus que atormentan al difunto. A mi me parece otra excusa de los chinos para quemar pólvora, si los petardos no asusta ni a los vivos, que decir de los muertos.

Cuando termina de explotar todo, tampoco hay silencio. Se puede escuchar por lo bajo a las llamas arder entre los residuos. Los papelitos rojos amenazan con crecer en un incendio y es necesario pisar las pequeñas fogatas. Esto se hace sin olvidar que por ahí queda uno que otro cohetecillo solitario que revienta en el momento que lo estas pisando y eso nos tuvo a todos de puntas.

Cuando nos fuimos, sentí un gran vacío. Había logrado conocer la cultura de mi padre pero no entenderla. No me sometí a ninguna de estas costumbres, todas carecían de lógica para mí. No creo que mi espíritu se quede paseando por donde mi familia escoja enterrarme, caramba, ni siquiera creo en los espíritus, no tengo pruebas ni tengo fe. Había venido hasta la tumba de mis bisabuelos para sentir un gran descontento, no había encontrado la forma de honrar a mis antepasados. Cuando nos fuimos, la tumba estaba mas sucia que cuando la encontramos.

Partimos hacía una casa no muy lejos. Estaba al costado del camino de lodo, el edificio solitario tenía cuatro paredes sin pintar o despintadas, no estaba muy seguro. La puerta principal daba paso a un jardín muy descuidado, ya casi sin verde y con leña acumulada contra la pared. Cuando entré por la segunda puerta se confirmó que nadie vivía ahí, no había más que un cuarto oscuro, la única luz entraba por un tragaluz en el techo. Sin nada de muebles, pregunté donde habíamos venido a parar. Mi papá me explicó que si bien mi abuelo no había vivido en esta casa, su abuelo sí. Esta era la casa de la familia. Por lo general los chinos tienen un lugar donde todas las generaciones van a prestar sus respetos. En esta casa había vivido gran parte de mis antepasados y si entiendes el destino como lo entiendo yo, entiendes que en esa casa se tomaron decisiones y caminos que eventualmente llevaron a mi existencia y sus condiciones.

En la pared papeles de color rojo nombraban a quienes fueron alguna vez los patriarcas del clan y sus descendientes, un intento de documentar un árbol genealógico que en verdad era un registro tan desordenado que no se podía entender que matrimonio dió qué frutos. Al fondo de la habitación, un altar con una estatua que no puedo explicar. Pero otra vez, tres reverencias y sus tres deseos y otra vez también, petardos.

Ya habíamos terminado y yo sentía que ni siquiera había empezado. Pedir deseos y quemar pólvora no es mi idea de dar tributo. ¿Cual es la manera apropiada de honrar al muerto? Alrededor del mundo, diferente culturas han diseñado sus ceremonias y costumbres, ¿pero cual es la correcta? No lo sé, pero cuando vi a mi viejo salir de esa casa, satisfecho con haber cumplido su misión entendí que todos hacemos lo posible acorde a nuestras creencias con el propósito de sentirnos mejor, solo hay que encontrar nuestra manera.

Frío y calor en Beijing

Cuando volví a Beijing hace una semana no pude reconocer la ciudad. Antes de irme para el sur, las brisas de primavera habían llegado para llevarse toda esa neblina que ponía la nota gris en las calles. El invierno había por fin terminado, pero aún así no podía descuidarme. Salir sin una segunda capa era arriesgarse a que una vez caída la noche esos vientos heroicos, que durante el día dejaban que los rayos del sol toquen el piso, se vuelvan en verdad brisas enemigas que me recordaban ese frío que asfixiaba mis pulmones durante lo más feo del invierno.

Beijing tiene una primavera curiosa, históricamente nunca fue nada especial pero cuando empezó a desarrollarse comenzaron a necesitar cada vez más madera para calentarse durante el invierno, trayendo abajo todos esos arboles de los bosques que rodeaban la ciudad. Estos bosques eran lo único que evitaban que los vientos que vienen desde el desierto del norte trajeran consigo sus tormentas de arena. Yo me perdí la temporada porque estuve en el sur así que no pude tomar fotos, pero pueden ver como estuvo la ciudad en 2010 acá. Lo mas importante es que tengas la lección aprendida: no te metas con la madre naturaleza.

Cuando volví ya nada era igual. Me impresioné ante como en un solo mes el cambio puede ser tan radical. Los arboles dejaron de estar desnudos, vistiendo la ciudad de un verde radiante que hace olvidar de ese deprimente color concreto. Los restaurantes instalaron mesas en las veredas y la gente sentada tomando trayendo esa típica bulla que hacen cuando juegan a los dados. Ya nadie se esconde, ahora todos están en las calles caminando, conversando, montando bicicleta, lo que sea, pero al fin carajo, Beijing esta siendo esa ciudad vibrante como me la imaginé antes de venir.

Eso sí, el calor es horrible. No sé si como peruano debería estar acostumbrado o ahora mi percepción ha cambiado después de vivir un invierno bien cruel, pero me siento como en un horno. Extraño una piscina o la playa, y eso que el verano aún no llega. Ya he sido advertido que la temperatura seguirá subiendo, este será mi tercer verano en China pero creo que también será el peor.

En fin, la foto de hoy es donde me gustaría estar este fin de semana. El año pasado pasé el verano en un pueblo cerca a un puerto de pescadores. Durante las tardes algunos se metían entre esos botes abandonados para refrescarse. Yo no lo hice ni una sola vez, pero ahora sí me arrepiento, para la próxima será.

No creo que me mientan

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Hace dos viernes fui Hong Kong y el clima estaba horrible. Llovía tan feo que lo único que se podía ver por la ventana eran cataratas chorreando junto a la luna. Recién al día siguiente me enteré que había sobrevivido una tormenta, y que se avecinaba una semana de tifones y tempestades. Por eso cuando el domingo amaneció soleado no desperdicie la oportunidad de aprovechar y apenas caída la tarde visité el Kowloon Park donde estaba seguro que encontraría a la gente del vecindario jugando sus rutinarios triangulares de fulbito, a un gol el partido. Ya sabía que unirme a un equipo no iba a ser difícil y con eso en mente fui con mi camiseta y mis botas Esa tarde, no salí a tomar fotos sino a disfrutar de mi otra pasión, jugar fútbol.

No tardé mucho en ser bienvenido a la cancha. Apenas llegué unos chicos me reconocieron (ya había jugado en ese mismo lugar un mes atrás) y me invitaron a reemplazar al mas viejo de su equipo, me sentí mal, a mi me queda toda una vida para patear la pelota y ese tío bien podría haber estado disfrutando de su última pichanga, así que dudé. Poco importó porque el tipo admitió que ya se había cansado, el cambio fue al instante. Amarré mis pasadores, di unos cuantos brincos y patadas en el aire para lograr calentar aunque sea un poco y me enfoqué en el partido.

Yo no soy ningún crack y soy capaz de admitirlo, pero en una cancha llena de asiáticos siento la obligación de ser el mejor del partido ya que su nivel es absurdamente bajo. Los chinos conectan poco y son muy flojos para recuperar balones, no saben mantener posesión ni presionar y tienen muy poco control del balón, es como si se quedaran parados. Ojo que hay uno que otro que se sale del molde, pero por lo general son todos así, escasos de técnica y pobres de fútbol. Pero ese día yo fui uno más, simplemente no pude moverme como quise ni tocarla como debí. Nunca en mi vida había jugado tan mal y yo no sabía donde esconder mi cara ya arrugada de tanta vergüenza. Después de mucho fallar, recibí el merecido castigo.

No, no me sentaron, fue mil veces peor. En una jugada en el que mi equipo atacaba, yo me ubiqué a la derecha de la media luna del área rival sin nadie que me marque y una vez se percataron de que estaba solo el balón no tardó en llegar. Era la ocasión perfecta, sólo hacia falta el chutazo y era gol. Recogí la pierna y le di con toda confianza de que el disparo sacudiría la net del arco, pero no. Ese tiro no hubiera entrado ni a un arco iris. Verás, la cancha esta rodeada por una valla que calculo que tendría sus seis siete metros de altura para evitar que los balones se escapen, y aún así, logré mandar la pelota por encima de ella, fuera del parque, al otro lado de la calle, simplemente su silueta se desvaneció en medio del cielo. Escondí mi cara en la camiseta y esperé que me trague la tierra pero fue el infierno quien me recibió.

Arranqué rápidamente en búsqueda de la pelota, no sería tan difícil encontrarlo tampoco. En la esquina donde supuse que lo recogería encontré parado un tipo común y corriente cargando la pelota. Se la pedí amablemente con toda la intención del mundo de agradecerle por haberlo cuidado mientras esperaba al dueño, con todo eso el tío se negó. Me acusó de romper un objeto en el restaurante de la esquina. Haber, vale aclarar dos cosas: lo que se rompió era una cosa tan insignificante que ni nombre propio tiene, se trata de uno de esas pequeñas posadas para colocar la hoja de papel ofreciendo ofertas y promociones entre dos paneles transparentes de plástico. Segundo, el local ni merece ser llamado restaurante, era tan solo un stand donde se vendían bolas de pescado y más bocaditos de la comida cantonesa, un sitio de mera importancia.

Si bien eso que rompí no tenia mucho valor, me disculpé y ofrecí pagarles lo suficiente para que puedan comprar otro de estos. Emocionados, aceptaron mis disculpas y me dijeron que el cachivache vale 500 dólares hong koneses. Ya se pueden imaginar mi reacción, estaba indignado. Te explico, mi lector, que con ese dinero me alcanza para comprar suficientes pelotas de fútbol para entrenar un equipo de once. Simplemente no era justo. De inmediato rechacé el número y después de regatear harto rato, el tipo y la señora declararon que querían 200 dólares o sino llamarían a la policía. Su amenaza me resbaló, yo les repetí que lo máximo que daría son 5 dólares. Que se podían quedar con el balón y si querían llamar a la policía, pues que los llamen, a mi no me asustan.

Eso les retó el orgullo y llamaron a la policía de inmediato. La comisaría estaba en la esquina de la cuadra así que llegaron enseguida dos oficiales. Cuando llegaron, el tipo y la señora se les mandaron encima para llenarles los oídos de quejas que yo ni comprendía mientras, como si me acuchillaran, me señalaban con sus dedos indice. Para ese momento, la escena cargada de griterío, la policía y un extranjero ya había llamado la atención de los que pasaban por ahí. Algunos más curiosos se quedaron para mirar y uno sacó el celular para filmar. Yo, mientras esperaba mi turno a ser escuchado, me puse a contar como estaban abusando y exhortando a pagar un precio descomunal, supuse que sí las cosas iban mal el video iría online y así al menos el internet estaría de mi lado.

Cuando la policía se aseguró de haber escuchado toda la historia vinieron a preguntarme si era todo verdad. Yo les dije que era verdad que yo había pateado la pelota, pero nunca vi la pelota caer y romper. No tenían ninguna prueba y hasta podía ser que se habían aprovechado de la oportunidad para romper algo insignificante y pedir mucho dinero. El oficial me contestó con que “no creo que me mientan”. Me sorprendió bastante la ingenuidad del policía, era ya mucha inocencia. ¿Como es posible que un juez de la calle crea que todos le dicen la verdad? De verdad que no me encaja, pero también me di cuenta que yo me estaba defendiendo con una teoría ya muy pendeja. Entonces acepté mi culpa y dije que pagaría lo que vale y no 200 dólares hong koneses, que eso ya era una locura.

Los oficiales decidieron que yo tendría que negociar con el dueño del local, para ver que el número que yo pagaría sea lo “más justo” posible. Llamaron al jefe que no vive muy lejos. Mientras esperábamos los chicos de la cancha ya habían terminado de jugar y vinieron a ver que pasaba, no somos mucho de confianza pero se pusieron a decirle cosas a la policía y a los empleados de la tienda sin escucharme cuando les pedía que por favor se calmaran, yo no quería ya mas problemas, de veras.

El dueño del local llegó no mucho después, apenas llegó trato de reconocer quien era el que empezó todo, ósea yo y una vez logrado eso vino hacia mi y se presentó. Yo agradecí la cortesía y le expliqué lo que había sucedido seguido de mis sinceras disculpas. Luego me preguntó exactamente que fue lo que rompí y cuando se lo mostré soltó una carcajada que nunca voy a olvidar, me dijo que esa porquería no valía nada y se disculpó en nombre de los empleados que solo habían querido aprovecharse de la situación.

La policía, confundidos, me dieron el visto bueno para poder irme y yo al fin relajado me fui sin antes sacarle la lengua a esos dos pendejos que trataron de robarme, pendejos.

La cultura islam en China

Bienvenidos a Retratos y Relatos, proyecto que pretende explicar las fotos que logro capturar durante mis experiencias. Más que nada quiero informar sobre temas interesantes pero viendo que se tratan de mis viajes, no estará exento de historias personales o impresiones en mi persona. Si les gusta no se olviden se suscribirse por correo, sólo sigan los pasos en el menú a la izquierda y no se perderán ninguna actualización, gracias.

Esta foto representa una de mis primeras sorpresas cuando llegué a china. Mi padre es chino, pero el creció durante la revolución cultural, osea mientra el estado promocionó politicas extremadamente laicas, de ahí se volvio fanático de algún santo porque sobrevivió un incidente que pudo terminar con su vida. El punto es que en todo ese contacto que tuve con la cultura oriental, nunca me imaginé que habrían mulsumanes en este país.

China comparte en el oeste fronteras con países como Kazajistán y Kyrgyztán en donde la mayoría práctica las costumbres que dicta el corán. La provincia china que limita con estas naciones se llama Xinjiang y ha sido siempre de caracter más similar a sus vecinos que a las maneras de la costa este del país. Una provincia bien alejada de la capital y muy poco expuesto a las tradicionales costumbres chinas, estan muy separados del resto de las ciudades que uno llamaría tipicamente chinas, es más, la ciudad en el mundo que más alejada se encuentra en Xinjiang, se llama Urumchi y se encuentra a 2500 kilometros del oceáno más cercano.

En Xinjiang hay una minoría etnica, se llaman uyghur y tienen rasgos fisicos muy diferentes, son de tez más oscura con rasgos más propios del medio oriente. Tienen su propio idioma y costumbres, practican una clase de deporte que requiere dos equipos de cinco jinetes peleando por una cabra muerta como si una pelota se tratara y llevarlo al arco donde se anotaría un gol.

Los uyghur si bien estan en una provincia alejada, se encuentran muchas veces con la necesidad de ir a ciudades más desarrolladas donde encontrarían mejores oportunidades. Por eso mismo en ninguna ciudad hace falta el restaurante mulsumán, obviamente no se puede comer puerco pero las extravagancias no hacen falta, uno de los platos típicos de esta minoria es la sopa de cabeza de cabra.

Justamente en el techo de uno de estos restaurantes encontre un joven uyghur sentado frente una mezquita, la foto perfecta para relatar mi sorpresa.

Un dato más, en estos restaurantes siempre es muy probable encontrar tu proveedor de hachís.

Hasta la próxima.