Cada vez que hay un fin de semana largo se aprovecha para escaparse hacia algún lugar diferente, pues la ciudad cansaba. Melanie y yo queríamos ir a una montaña famosa por su templo shaolin, pero la falta de anticipación nos dejo sin la posibilidad de comprar los pasajes para dicho destino. Sin mucha pena y muy poca preparación, ejecutamos el plan B, Mongolia Interior. Partimos rumbo a la provincia china que fronteriza con Mongolia, la nación. Aunque no sea el autentico país, sí se asemeja, pues tiene los desiertos y pastizales característicos de la región. Esos dos biomas albergan sensaciones que no se encuentran en una ciudad, y eso fue justamente lo que buscamos. No teníamos que rastrear los pasos de Genghis Khan ni descubrir una milenaria cultura nómada, una distracción del caos y ruido de Pekín y una bocanada de aire fresco eran suficientes.
Fue un viaje improvisado, corto y sencillo. Los primeros días nos fuimos al desierto. Yo crecí en una ciudad también rodeada por un desierto, pero en mi infancia nunca lo aprecié, nunca lo consideré como el lugar para un retiro y mucho menos lo idealicé como un escape de todo. Nunca llegué a extrañar su sequía, pero sí me dio la sensación de querer llegar a un lugar donde no haya nada. Por eso el desierto se hacía el destino ideal, tomamos un bus hasta el borde y de ahí caminamos 30 minutos adentro. Intentamos desaparecer la influencia del hombre, queríamos sentir que nunca existió una civilización.
Lamentablemente eso no se logró. Hacía el norte había solo más desierto pero para el sur, a lo lejos se podía reconocer las torres de electricidad que indicaban el camino a las ciudad detrás. Y cuando nos sentamos a fumar y caímos en cuenta que nos habíamos olvidado el encendedor, no pasó mucho tiempo de desesperación pues turistas montando camellos aparecieron cruzando el desierto. Con total seguridad de que uno de los viajantes tendría un fuego que me preste, salí corriendo en su dirección. Cuando uno de ellos cayó en cuenta de lo bizarro que era que un joven de otra parte del planeta venga corriendo desde la nada del desierto a pedir un encendedor, simplemente me lo regaló. Con el regalo, nuestra meta se desvaneció, nuestro viaje hacia una tierra sin nadie dejo de existir. Pero igual estábamos felices de prender nuestros cigarros.
Sinceramente, el desierto me decepcionó. Por culpa de los jinetes, camellos y el lejano tapiz que formaba la ciudad y su smog, nunca llegué a sentirme desconectado. Podíamos seguir caminando desierto adentro pero la prudencia no me dejó. Fue un fracaso que veía venir, alejarse y olvidarse de la civilización tiene un precio alto y no estaba dentro de nuestro presupuesto. Por eso fue grande nuestra sorpresa cuando la situación cambió radicalmente cuando entramos a la segunda etapa de nuestro pequeño viaje.

Las famosas praderas eran algo que recién me había enterado que existían, se trata de un inmenso plano de pasto, un mar verde que sin salirse de relieve permitiría ver el horizonte, sonaba como un mito. Tomamos un bus muy incomodo y tardamos mucho en llegar, pero su destino hizo que valiera la pena. Ya en el camino nos sentíamos lejos de todo y pudimos apreciar caballos salvajes viajando libremente a galope por su chacra sin limites.
Pasamos la noche en las instalaciones de una familia local que vivían de la renta de sus yurts. Los yurts son chozas mongolas. Las originales tenían el propósito de ser armadas y desarmadas con facilidad para poder transportarlas en carretillas. La nuestra estaba construida sobre una base de concreto, pero todo lo demás era autentico. El interior era simple, un cuarto redondo y no estaba decorado con más que una pequeña mesa, unas sabanas dobladas y un enorme cuadro con el retrato de Genghis Khan. Entre las sabanas estaban las almohadas, y con esa simpleza se dormía.
Pasamos el día sin hacer mucho. Aprendimos a usar arco con flecha, conversamos con la familia local, vimos el atardecer montando caballo, y armamos una fogata.
Cuando estábamos acostados dentro del yurt, donde no había luz salvo la de la luna que se colaba por la pequeña ventana de la puerta, estábamos cansados y felices por tener la oportunidad de haber tenido un día tan tranquilo, pero también estábamos conscientes de que si esa calma se adueñaría de nuestras vidas, maldeciríamos nuestro destino todas las noches. Derrepente, el caos y ruido de la ciudad se volvió un costo que podíamos pagar por algo de emoción y dinamismo en nuestro día a día. Cuando volvimos a Pekín, nunca nos volvimos a quejar.

















