No creo que me mientan

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Hace dos viernes fui Hong Kong y el clima estaba horrible. Llovía tan feo que lo único que se podía ver por la ventana eran cataratas chorreando junto a la luna. Recién al día siguiente me enteré que había sobrevivido una tormenta, y que se avecinaba una semana de tifones y tempestades. Por eso cuando el domingo amaneció soleado no desperdicie la oportunidad de aprovechar y apenas caída la tarde visité el Kowloon Park donde estaba seguro que encontraría a la gente del vecindario jugando sus rutinarios triangulares de fulbito, a un gol el partido. Ya sabía que unirme a un equipo no iba a ser difícil y con eso en mente fui con mi camiseta y mis botas Esa tarde, no salí a tomar fotos sino a disfrutar de mi otra pasión, jugar fútbol.

No tardé mucho en ser bienvenido a la cancha. Apenas llegué unos chicos me reconocieron (ya había jugado en ese mismo lugar un mes atrás) y me invitaron a reemplazar al mas viejo de su equipo, me sentí mal, a mi me queda toda una vida para patear la pelota y ese tío bien podría haber estado disfrutando de su última pichanga, así que dudé. Poco importó porque el tipo admitió que ya se había cansado, el cambio fue al instante. Amarré mis pasadores, di unos cuantos brincos y patadas en el aire para lograr calentar aunque sea un poco y me enfoqué en el partido.

Yo no soy ningún crack y soy capaz de admitirlo, pero en una cancha llena de asiáticos siento la obligación de ser el mejor del partido ya que su nivel es absurdamente bajo. Los chinos conectan poco y son muy flojos para recuperar balones, no saben mantener posesión ni presionar y tienen muy poco control del balón, es como si se quedaran parados. Ojo que hay uno que otro que se sale del molde, pero por lo general son todos así, escasos de técnica y pobres de fútbol. Pero ese día yo fui uno más, simplemente no pude moverme como quise ni tocarla como debí. Nunca en mi vida había jugado tan mal y yo no sabía donde esconder mi cara ya arrugada de tanta vergüenza. Después de mucho fallar, recibí el merecido castigo.

No, no me sentaron, fue mil veces peor. En una jugada en el que mi equipo atacaba, yo me ubiqué a la derecha de la media luna del área rival sin nadie que me marque y una vez se percataron de que estaba solo el balón no tardó en llegar. Era la ocasión perfecta, sólo hacia falta el chutazo y era gol. Recogí la pierna y le di con toda confianza de que el disparo sacudiría la net del arco, pero no. Ese tiro no hubiera entrado ni a un arco iris. Verás, la cancha esta rodeada por una valla que calculo que tendría sus seis siete metros de altura para evitar que los balones se escapen, y aún así, logré mandar la pelota por encima de ella, fuera del parque, al otro lado de la calle, simplemente su silueta se desvaneció en medio del cielo. Escondí mi cara en la camiseta y esperé que me trague la tierra pero fue el infierno quien me recibió.

Arranqué rápidamente en búsqueda de la pelota, no sería tan difícil encontrarlo tampoco. En la esquina donde supuse que lo recogería encontré parado un tipo común y corriente cargando la pelota. Se la pedí amablemente con toda la intención del mundo de agradecerle por haberlo cuidado mientras esperaba al dueño, con todo eso el tío se negó. Me acusó de romper un objeto en el restaurante de la esquina. Haber, vale aclarar dos cosas: lo que se rompió era una cosa tan insignificante que ni nombre propio tiene, se trata de uno de esas pequeñas posadas para colocar la hoja de papel ofreciendo ofertas y promociones entre dos paneles transparentes de plástico. Segundo, el local ni merece ser llamado restaurante, era tan solo un stand donde se vendían bolas de pescado y más bocaditos de la comida cantonesa, un sitio de mera importancia.

Si bien eso que rompí no tenia mucho valor, me disculpé y ofrecí pagarles lo suficiente para que puedan comprar otro de estos. Emocionados, aceptaron mis disculpas y me dijeron que el cachivache vale 500 dólares hong koneses. Ya se pueden imaginar mi reacción, estaba indignado. Te explico, mi lector, que con ese dinero me alcanza para comprar suficientes pelotas de fútbol para entrenar un equipo de once. Simplemente no era justo. De inmediato rechacé el número y después de regatear harto rato, el tipo y la señora declararon que querían 200 dólares o sino llamarían a la policía. Su amenaza me resbaló, yo les repetí que lo máximo que daría son 5 dólares. Que se podían quedar con el balón y si querían llamar a la policía, pues que los llamen, a mi no me asustan.

Eso les retó el orgullo y llamaron a la policía de inmediato. La comisaría estaba en la esquina de la cuadra así que llegaron enseguida dos oficiales. Cuando llegaron, el tipo y la señora se les mandaron encima para llenarles los oídos de quejas que yo ni comprendía mientras, como si me acuchillaran, me señalaban con sus dedos indice. Para ese momento, la escena cargada de griterío, la policía y un extranjero ya había llamado la atención de los que pasaban por ahí. Algunos más curiosos se quedaron para mirar y uno sacó el celular para filmar. Yo, mientras esperaba mi turno a ser escuchado, me puse a contar como estaban abusando y exhortando a pagar un precio descomunal, supuse que sí las cosas iban mal el video iría online y así al menos el internet estaría de mi lado.

Cuando la policía se aseguró de haber escuchado toda la historia vinieron a preguntarme si era todo verdad. Yo les dije que era verdad que yo había pateado la pelota, pero nunca vi la pelota caer y romper. No tenían ninguna prueba y hasta podía ser que se habían aprovechado de la oportunidad para romper algo insignificante y pedir mucho dinero. El oficial me contestó con que “no creo que me mientan”. Me sorprendió bastante la ingenuidad del policía, era ya mucha inocencia. ¿Como es posible que un juez de la calle crea que todos le dicen la verdad? De verdad que no me encaja, pero también me di cuenta que yo me estaba defendiendo con una teoría ya muy pendeja. Entonces acepté mi culpa y dije que pagaría lo que vale y no 200 dólares hong koneses, que eso ya era una locura.

Los oficiales decidieron que yo tendría que negociar con el dueño del local, para ver que el número que yo pagaría sea lo “más justo” posible. Llamaron al jefe que no vive muy lejos. Mientras esperábamos los chicos de la cancha ya habían terminado de jugar y vinieron a ver que pasaba, no somos mucho de confianza pero se pusieron a decirle cosas a la policía y a los empleados de la tienda sin escucharme cuando les pedía que por favor se calmaran, yo no quería ya mas problemas, de veras.

El dueño del local llegó no mucho después, apenas llegó trato de reconocer quien era el que empezó todo, ósea yo y una vez logrado eso vino hacia mi y se presentó. Yo agradecí la cortesía y le expliqué lo que había sucedido seguido de mis sinceras disculpas. Luego me preguntó exactamente que fue lo que rompí y cuando se lo mostré soltó una carcajada que nunca voy a olvidar, me dijo que esa porquería no valía nada y se disculpó en nombre de los empleados que solo habían querido aprovecharse de la situación.

La policía, confundidos, me dieron el visto bueno para poder irme y yo al fin relajado me fui sin antes sacarle la lengua a esos dos pendejos que trataron de robarme, pendejos.

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Un pensamiento en “No creo que me mientan

  1. Faure asi ocurren las cosas en la vida,tratan de aprovecharse siempre del más débil ,quizás la inocencia y la buena disposición no prevalece ,pero siempre tenemos que defiendernos con la verdad!! y seras recompensado siempre !! CUIDATE

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