Sobre ritos chinos (y de la familia)

Cuando mi padre vino a esta parte del mundo hace pocos meses fui a darle el encuentro en su ciudad natal, Guangzhou. Me ilusionaba la idea de poder pasar tiempo de ocio junto a él. La realidad fue otra:

- Pá, vamos a ver la torre para que te sientas orgulloso de tu ciudad
- No puedo, un proveedor me esta invitando a cenar esta noche

- Viejo, vamos a tal restaurante buenazo de comida de Sichuan
- No se puede, tengo que visitar las fabricas para supervisar la calidad de mis pedidos

- Papá ¿No quieres venir a Beijing, donde estoy viviendo, para que conozcas donde estudio, donde me estoy quedando, qué como, y sepas cómo vivo en general?
- Lo siento, tengo que ir a la feria de exportadores para encontrar los productos que mis clientes necesitan

Siempre un hombre de negocios, tengo pena que no haya podido relajarse aunque sea un poco pero nunca hubo rencor, él es como es y si no fuera así para mi muchas cosas no serían igual. Su estadía en Guangzhou fue corta y me hubiera gustado pasar más tiempo con él, pero mi viejo cumplió su deber. Paso suficiente tiempo conmigo enseñándome retomar caminos, practicar virtudes y reparar algunas cosas rotas. Terminó de pulir todos los detalles que su negocio necesitaba y además pudo separar algo de tiempo para cumplir con su padre.

En una época turbulenta en la historia de China en el que los terratenientes abusaban de sus privilegios a costa del bienestar del campesinado (algo así como lo que esta pasando hoy en día), mi abuelo creció cosechando arroz y maíz en una pequeña aldea que ya no tiene nombre. Sin carreteras que lo conecten a las grandes ciudades, pasó su juventud sin saber que pasaba más allá de los limites de su pueblito. Cuando era ya un hombre, hecho con mujer e hijo, llegaron los soldados del Ejercito Popular de Liberación y con el pretexto de la lucha por un mundo más justo sin clases sociales, se lo llevaron para obligarlo a pelear y ganar una guerra civil que pondría al partido comunista en el poder que mantiene hasta el día de hoy.

Después de toda esa epoca turbulenta, mi abuelo pudo retirarse con una pensión militar. Tranquilo, se hizo viejo en Guangzhou, la capital de la región. Ahí conoció a mi abuela, ahí crió a mi padre y ahí sigue esperando a que lo visiten. Hoy en día su senilidad lo tiene sentado en el sofá, limitado a mirar la televisión o dormir. Cuando converso con él se la pasa recomendando que “mire libros” (así se traduce estudiar en chino), pero a veces también se le escucha la nostalgia. El hombre extraña su tierra, quiere volver a esa casa donde creció y pasar el resto de sus días mirando el verde del campo. Pero si salir al parque ya es un problema, esta claro que no puede visitar su viejo hogar. Por eso le pidió a mi papá que haga un poco de tiempo en su agenda que visite el pueblo en su lugar, ofrezca sus respetos a la tumba de sus abuelos y le pida bendiciones a los ancestros para que la familia siga disfrutando de paz.

Un día nublado que llovía no mucho, mi papá y yo salimos en dirección de donde descansan mis bisabuelos. Nos demoramos en salir de la enorme ciudad, pero de ahí era solamente el asfalto rodeado de arboles y encima de todo, un enorme cielo gris. La facilidad con la que llegamos al pueblo puso orgulloso a mi papá, por todo eso que una buena infraestructura significa para su país, pero a mi se me hizo que mi abuelo paterno no hubiera tenido la misma impresión, esa idea pude confirmarlo cuando llegamos a la ‘aldea’. Su pueblo había dejado de ser del campo, las calles hechas de concreto ya contaban con el bullicio del motor, y era evidente que para construir los edificios se había utilizado más de una simple ingeniería. El milagro económico chino había desaparecido ya para siempre la aldea de mi abuelo y lo había convertido en una replica más de todas esas ciudades de tercera categoría que se estan produciendo en la china rural. Pobre anciano, sin un hogar donde volver.

Nunca nos bajamos del carro, seguimos defrente, atravesando la nueva ciudad, dejando atrás esos edificios y pistas de asfalto para entrar al campo de verdad. Ahí fue donde todo se puso verde, la maleza era abundante y el camino de lodo nos tenía a todos saltando en nuestros asientos. Cuando llegamos donde la maleza se encontraba y poco más allá dejaba de crecer, detuvimos el vehículo a esperar.

Mientras pasaban los minutos vi a este señor pasar con su triciclo. Le tome una foto pensando sacar el retrato de un campesino cualquiera de la zona, pero cuando se detuvo mi di cuenta que él era quien estábamos esperando, el medio hermano de mi papá. Yo, que ya me había olvidado que tengo familia que aún vive en el campo, me quedé sorprendido. Tanta diferencia entre nuestros mundos nos dejó rapidamente sin mucho de que hablar después de saludarnos y no nos demoramos en empezar a subir un pequeño cerro para encontrar la tumba. En medio de lo que podías llamar la nada, se encuentra el mausoleo. Es un area circular de concreto, y en el medio una placa luce el nombre del difunto. Lo primero que hicimos fue limpiar, las estaciones habían traído una capa de polvo y arrinconado las hojas secas en las esquinas.

Una vez en el lugar, empezó a llover para poner la nota en la escena y empezar el rito. Primero se encienden tres inciensos y se da tres reverencias mientras se piden tres deseos para luego clavar los palitos frente el nombre. Luego, para evitar que se el espíritu pase hambre, se le sirve un plato con carne cocida, en nuestro caso fue una gallina entera y alguna parte de algún animal que no pude reconocer. Después, se quemaron billetes falsos para asegurar que mi bisabuelo aún goce de buena fortuna, (¡algunas familias hasta queman iPhones y iPads de papel!).

Ya para terminar, se rodea la tumba con petardos y se les prende. Produciendo el clasico ruido que espantaría los malos espíritus que atormentan al difunto. A mi me parece otra excusa de los chinos para quemar pólvora, si los petardos no asusta ni a los vivos, que decir de los muertos.

Cuando termina de explotar todo, tampoco hay silencio. Se puede escuchar por lo bajo a las llamas arder entre los residuos. Los papelitos rojos amenazan con crecer en un incendio y es necesario pisar las pequeñas fogatas. Esto se hace sin olvidar que por ahí queda uno que otro cohetecillo solitario que revienta en el momento que lo estas pisando y eso nos tuvo a todos de puntas.

Cuando nos fuimos, sentí un gran vacío. Había logrado conocer la cultura de mi padre pero no entenderla. No me sometí a ninguna de estas costumbres, todas carecían de lógica para mí. No creo que mi espíritu se quede paseando por donde mi familia escoja enterrarme, caramba, ni siquiera creo en los espíritus, no tengo pruebas ni tengo fe. Había venido hasta la tumba de mis bisabuelos para sentir un gran descontento, no había encontrado la forma de honrar a mis antepasados. Cuando nos fuimos, la tumba estaba mas sucia que cuando la encontramos.

Partimos hacía una casa no muy lejos. Estaba al costado del camino de lodo, el edificio solitario tenía cuatro paredes sin pintar o despintadas, no estaba muy seguro. La puerta principal daba paso a un jardín muy descuidado, ya casi sin verde y con leña acumulada contra la pared. Cuando entré por la segunda puerta se confirmó que nadie vivía ahí, no había más que un cuarto oscuro, la única luz entraba por un tragaluz en el techo. Sin nada de muebles, pregunté donde habíamos venido a parar. Mi papá me explicó que si bien mi abuelo no había vivido en esta casa, su abuelo sí. Esta era la casa de la familia. Por lo general los chinos tienen un lugar donde todas las generaciones van a prestar sus respetos. En esta casa había vivido gran parte de mis antepasados y si entiendes el destino como lo entiendo yo, entiendes que en esa casa se tomaron decisiones y caminos que eventualmente llevaron a mi existencia y sus condiciones.

En la pared papeles de color rojo nombraban a quienes fueron alguna vez los patriarcas del clan y sus descendientes, un intento de documentar un árbol genealógico que en verdad era un registro tan desordenado que no se podía entender que matrimonio dió qué frutos. Al fondo de la habitación, un altar con una estatua que no puedo explicar. Pero otra vez, tres reverencias y sus tres deseos y otra vez también, petardos.

Ya habíamos terminado y yo sentía que ni siquiera había empezado. Pedir deseos y quemar pólvora no es mi idea de dar tributo. ¿Cual es la manera apropiada de honrar al muerto? Alrededor del mundo, diferente culturas han diseñado sus ceremonias y costumbres, ¿pero cual es la correcta? No lo sé, pero cuando vi a mi viejo salir de esa casa, satisfecho con haber cumplido su misión entendí que todos hacemos lo posible acorde a nuestras creencias con el propósito de sentirnos mejor, solo hay que encontrar nuestra manera.

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3 pensamientos en “Sobre ritos chinos (y de la familia)

  1. Fascinante, Faure, fascinante… son esas pequeñas grandes cosas las que me atraen de esa gran cultura a la que espero conocer un poco más, algún día, en primera persona.
    Ah, y tu pluma: excelente! Sigue así. Felicitaciones.

  2. CUANDO NOS FUIMOS,SENTI UN GRAN VACIO!
    NO BUSQUES LLENAR EL VACIO CON TRADICIONES O FILOSOFIAS O RELIGIONES
    PORQUE LAS TRADICIONES DE LOS PUEBLOS SON VANIDAD,VANO SIGNIFICA VACIO.
    EL HOMBRE NATURAL ASI ESTA,ES NECESARIO NACER DE NUEVO,DEL ESPIRITU Y ESTO
    SOLO SE CONSIGUE ACEPTANDO EL SENORIO DE CRISTO,EL ES NUESTRA PAZ.
    LEE SI PODES Y QUERES EL EVANGELIO DE SAN JUAN,BUSCA LA HISTORIA DE NICODEMO. DIOS TE BENDIGA Y TE LLENE DE SU PAZ.

  3. realmente cada cultura tiene sus costumbres….respeto y admiracion es cuestión de reconocimiento a quienes dejan algo importante en la vida,con el ejemplo se logra el legado a seguir.

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